
El comentario de un entrenador de rugby infantil de mi club, al que enseguida me referiré, me movió a escribir estas líneas.
Las fuentes de lo que sigue han sido las enseñanzas de mi padre, junto con material guardado por él mismo y algunas reflexiones basadas en mi propia experiencia.
En la evolución del deporte en general, al ser considerado éste formativo del individuo además de una actividad recreativa, fueron desarrolladas muchas normas de conducta que tenían que ver con la caballerosidad y el “fair play”. En el tenis, por ejemplo, nos enseñaron que debía aplaudirse el tanto obtenido por una pelota ganadora, inalcanzable para el oponente; pero no así el tanto que concluía con un error de un jugador, aunque fuera forzado. El comportamiento del público de tenis ha variado muchísimo y la copa Davis parece ser el lugar elegido para expresar lo contrario de lo mencionado más arriba. Recientemente Maradona en un partido en Buenos Aires se dedicó a hostilizar al adversario de un amigo durante todo el partido. Dicho rival resultó ser un jugador napolitano que había sido admirador de Maradona en la época que éste jugaba en el Napoli. La desilusión del jugador italiano fue total y la manifestó en todos los medios. Una camiseta con el número 10 que le envió de regalo el ex futbolista no alcanzó para disculpar el agravio.
El rugby es un deporte muy duro, de mucho contacto físico, en el que la lealtad es una condición necesaria para que cumpla aquellos principios de educación y recreación. El respeto por el propio equipo, por el adversario y por el referee es absolutamente necesario, tanto como lo es la autoridad absoluta del árbitro. Se trata de un deporte que -por sus reglas- facilita que ello no se cumpla y, por ejemplo, uno pueda golpear deslealmente a un adversario sin ser descubierto. Es decir que ofrece numerosas oportunidades para faltarle el respeto al rival. Por ello, la diferencia entre una acción fuerte y una acción desleal está dada por una tenue línea determinada solamente por la conciencia del jugador.
El festejo de los tries
El entrenador de rugby infantil al que me refería al comienzo, me contaba que él –cuando hace de referee-anula los tries en que el autor se abraza con sus compañeros para celebrarlo. En los tiempos que corren parece exagerado, propio de un ser de otro planeta, pero él está tomando el arduo camino de la educación frente a un mundo que alienta todo lo contrario. Frente al “soltá todas tus emociones”, “besate con tus compañeros”, aparece alguien que pregona: “disfrutá tu logro internamente, respetá a tu adversario, pues en realidad sin él no podría haber partido”.
Esto es lo que nos enseñaban de chicos. Hoy en día, en cambio, podemos “cargar” a nuestros rivales con total impunidad si nos viene bien; es lo que parece pregonar el ambiente.
El cumplimiento de las reglas del juego
Tiempo atrás, Monseñor Karlic, hablando sobre deslealtad en el fútbol, decía que impedir un gol o cortar una jugada mediante una infracción no era ético. El periodista que lo entrevistaba se atrevía, con algo de sorna, a augurarle poco futuro si quisiera ser entrenador de fútbol.
A nosotros nos enseñaban precisamente eso: era “contrario al espíritu del juego impedir un try con una acción desleal”, aunque no fuera apreciada por el árbitro. Hoy tenemos el “sin bin” como castigo para la acción desleal que implica una infracción, burda e intencional, que corta una jugada de ataque del otro equipo. O sea, que se resuelve el mismo tema por vía de una acción punitiva y no por lo que debería venir a través de la educación.
El público
La enseñanza tradicional nos decía que uno podía alentar con entusiasmo a su equipo pero sin meterse con el equipo adversario, es decir, respetándolo. Veamos cómo es esto ahora: los cantitos del público contienen fuertes “cargadas” e insultos al adversario, muchos espectadores silban al pateador, y otras actitudes similares sobre las que no es necesario sobreabundar, pues todos lo vemos a diario.
Ahora está de moda también presionar al referee durante todo el partido. Por ejemplo: cuando da la espalda al público gritarle cosas tales como: “...¡mirá el offside!” En una jugada en que se penaliza a un jugador adversario por, digamos, un tackle alto, gritar: “...¡amarilla!”, o “...¡roja!”, etc.
Los dirigentes de los Clubes
No tomamos las medidas preventivas ni sancionatorias que deberíamos. Se lo dejamos “a la Unión”, como si ésta fuera un ente extraño que no tiene nada que ver con los clubes.
En el ejemplo que doy en el párrafo anterior, hacemos como si se tratara de un partido que se estuviera jugando en otro club.
Las excusas
Para el festejo de los tries: “todos lo hacen”, “se ven en todos los otros deportes”, etc.
Por las acciones desleales: “sos de otra época”, “basta que el referee no te vea”.
Del público: “hoy en día viene mucha gente a los partidos y no se los puede identificar a todos”, “si el otro empieza es imposible parar la respuesta”.
La gran muletilla: “todo se arregla en el tercer tiempo”. Claro, yo pateo a un adversario en el suelo, ¡y después tomamos una cerveza en el tercer tiempo!
Algunas ideas para resolver estos problemas
Está claro que los protagonistas principales son los clubes. Más aún en una época en la que hay cantidades de cursos y seminarios sobre técnica y táctica del juego. Asimismo, excelentes publicaciones de la Uniones.
Me pregunto:
¿Cuánto tiempo y espacio dedican dichos cursos y publicaciones a los temas objeto de este artículo?
¿Cuánto tiempo dedican los entrenadores de los clubes a tratar estos temas, especialmente con sus divisiones infantiles y juveniles?
¿Son los jugadores de primera división conscientes del lugar de “modelos” que ocupan frente a los chicos de las divisiones infantiles y juveniles?
Estos puntos son muy importantes, porque todos los clubes están en condiciones de identificar a cada uno de sus hinchas, pues ellos son ni más ni menos que sus jugadores de divisiones inferiores, cuando no los padres y amigos de ellos (o algún dirigente??).
Hace años, las publicaciones de la UAR, como por ejemplo el fixture, incluían al comienzo la definición de Sportsman (Deportista) que decía:
“Deportista: es aquel que no solamente ha vigorizado sus músculos y desarrollado su resistencia por el ejercicio de algún gran deporte sino que, en la práctica de ese ejercicio, ha aprendido a reprimir su cólera, a ser tolerante con sus compañeros, a no aprovechar una vil ventaja, a sentir profundamente como una deshonra la mera sospecha de una trampa y a llevar con altura un semblante alegre bajo el desencanto de un revés.”
Esta definición data de 1850.
Propongo algo sencillo y barato:
Cada entrenador, de cada división de cada club, podría hacer su propio taller de tres o cuatro horas, con la siguiente metodología: separar a los chicos en grupos, darle a cada grupo una frase de la definición anterior para analizarla, y luego presentar sus conclusiones al entrenador y a sus compañeros en un plenario.
De esta forma, estaríamos sensibilizando a todos en el tema, y recalco la palabra todos porque acciones aisladas de algunos clubes serían útiles, pero en su aplicación durarían lo que un suspiro. Sólo una lenta pero sostenida tarea de educación, sumada a una firme y coherente actitud de todos los dirigentes, puede cambiar el actual estado de cosas.
Para concluir, soy consciente de que hoy en día plantearnos metas como las expuestas sería utópico. Los años me han ido haciendo cada vez más pragmático. Pero creo que quienes lean este artículo y sientan que hay por lo menos una parte que les toca, tienen aquí algunas ideas que pueden aplicar si se sienten con vocación. Tener claro hacia dónde uno se dirige facilita corregir los desvíos de rumbo.
Pero el ejemplo debe venir de nosotros los dirigentes; y estoy seguro que si todos nos lo proponemos, mucho antes de lo que pensamos estaremos en condiciones de revertir la situación actual.
Marcos J. Ocampo
Ex miembro del Consejo Directivo de la UAR y de las comisiones de Difusión Técnica y de Selección de dicha Institución. Ex entrenador de los seleccionados juveniles Argentino y de Buenos Aires. Fue entrenador, dirigente y presidente del Club de Regatas Bella Vista.
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